
Intentaré arreglarte.
Pieza a pieza, sorbo a sorbo.
Día a día, palabra por palabra.
El tiempo lo cura todo
Y créeme cuando te digo:
no se puede romper dos veces,
lo que ya está roto.
La puerta se ha cerrado al compás de tus palabras. Chirrían las bisagras tanto como cada sílaba de tu “ya no te quiero” en sus oídos. Y a lo lejos alguien cantaba… -entretanto- como dijo desesperadamente Neruda. Y clavabas tu pupila en su pupila azul. ¿Esperando a qué? ¿Al último baile? ¿O un gesto de aprobación? Ay… crueldad intolerable. ¿Por qué buscas complicidad en algo que solo uno de los dos había decidido? Sigo con ella. Con su mano. Con esa mano que ayer te desvivías por no soltar y cuyas líneas trazan hoy un apartheid en vuestra historia. Sí, la misma del anillo caro. De la torta merecida de aquel día. Mírala. Acaba de cerrar los ojos para recordar los sorbos del invierno pasado, bebido con paciencia en el té de tus labios. Pero se despierta. Hace frío. Y por mucho que se intente, las mantas no abrigan tanto como un abrazo. El dolor en cambio, sí lo hace. Está escuchando Luis Miguel. La cosa es grave… Pero dejémosla soñar. Unas escaleras de caracol, un café a medias, una rosa sobre la almohada, un ascensor que nunca para, una canción que pide recordar, un baile para los dos y la luna, de relleno. Son las últimas líneas de una carta que nunca te llegará, porque cuando asumes que has perdido, te alejas, te pierdes. Desapareces. Y el cartero cortés, no llama dos veces.
La dejaste y todavía unos días después te escribe para decirte que lo acepta- elegancia, ante todo- acepta que te hayas ido, porque mañana volverá a viajar. Nacerá. Se sentará en la misma silla donde por primera vez la alborotaste con tu sonrisa, te hará sitio. Te esperará. Suspirarás sobre su nuca, cogerás su mano y le pedirás, sí, el último baile. La luna, en acción, reflejará tus pupilas, y sus labios conquistarán tu boca. Entonces, con vuestra última balada, en vuestra última noche, mientras el público aplaude, será ella quien te diga: “Ya no te quiero”.